Por Javier López.
Culiacán, a mediados de los años 50. La ciudad comenzaba a transformarse con las primeras grandes obras de pavimentación de sus principales calles y avenidas, marcando poco a poco el crecimiento y la modernización de la capital sinaloense.
Una de aquellas vialidades fue el bulevar Francisco I. Madero, que en aquellos años conducía hacia la salida norte de la ciudad y remataba en una rotonda que pronto se convertiría en un punto emblemático para los culichis.
En ese lugar fue instalada una estructura ornamental conocida oficialmente como “Fuente de la Amistad”, aunque popularmente fue bautizada como “La Canasta”, nombre con el que quedó grabada en la memoria de varias generaciones.
Durante más de tres décadas, “La Canasta” formó parte del paisaje urbano de Culiacán y fue testigo del crecimiento de una ciudad que poco a poco dejaba atrás su fisonomía de mediados del siglo XX.
Sin embargo, su historia llegó a su fin en 1985, cuando la estructura colapsó a consecuencia de los fuertes vientos provocados por el huracán Waldo, desapareciendo así uno de aquellos elementos que durante años dieron identidad a la ciudad.
Hoy, aquella imagen de “La Canasta” nos permite volver la mirada a un Culiacán distinto: una ciudad en transformación, donde cada calle, cada avenida y cada monumento guardaban una parte de su historia.
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