El sistema se calló, dijo el gobierno en 1988. Se había callado con doble “l”, no con “y”. Esto es que dejó de hablar, de dar cifras, de dar resultados, no de que se había caído. Por ende, en los 90´s, y con las reformas electorales, se dio paso al programa de resultados preliminares: el PREP.

El PREP no nació por una cuestión de avance tecnológico ni como un lujo institucional. Nació de la desconfianza. Después de la elección presidencial de 1988 y la célebre “caída del sistema”, el problema dejó de ser solo quién ganaba para convertirse en algo más profundo: si la ciudadanía podía creer en lo que se le decía.

En los años noventa, bajo el entonces Instituto Federal Electoral, el PREP fue concebido como un antídoto mínimo, pero fundamental: información rápida, pública y basada en las actas de cada casilla. No para declarar ganadores —eso siempre ha sido tarea de los cómputos oficiales—, sino para evitar el vacío informativo, ese espacio donde históricamente crecieron el rumor, la sospecha y la crisis poselectoral.

Con el paso del tiempo, ya bajo el Instituto Nacional Electoral, el PREP se volvió casi un ritual democrático: la noche electoral, millones de ciudadanos observan cómo fluyen los datos, cómo se perfilan tendencias y cómo la incertidumbre se reduce, aunque no desaparezca del todo.

Por eso, cuando se habla en la reforma electoral de recortar el PREP, conviene decirlo sin rodeos: no se está recortando un sistema informático, se está recortando certidumbre. El efecto es inmediato. Menos PREP significa información más lenta. Y cuando la información oficial tarda, alguien más ocupa el espacio: filtraciones interesadas, declaraciones triunfalistas, acusaciones de fraude sin datos y narrativas diseñadas para incendiar el ánimo social. En política, el silencio nunca es neutral.

Desde una perspectiva sociopolítica, el PREP cumple una función que rara vez se reconoce: contiene el conflicto. No elimina la polarización, pero la encauza con datos visibles. Debilitarlo es dejar la noche electoral en manos de la especulación, justo en un país con memoria larga de elecciones opacas.
Por supuesto, el PREP no es perfecto. Tiene críticas legítimas, no es definitivo y muchas personas lo confunden con el resultado final. La rapidez puede generar errores de captura. En elecciones cerradas, a veces no calma la tensión, sino que la prolonga. En manos irresponsables, puede usarse políticamente para imponer lecturas interesadas.

Pero aquí está el punto clave: ninguna de esas críticas se corrige debilitándolo. Se corrigen con mejor comunicación institucional, mayor pedagogía cívica y más transparencia, no con menos. El verdadero costo de recortar el PREP no es técnico ni presupuestal, es simbólico. El PREP representa una promesa básica del Estado democrático: la información electoral no se guarda, se comparte. Cuando esa promesa se reduce, el mensaje implícito es peligroso: “confíe, luego le avisamos”.

Y la historia electoral mexicana ya dejó claro que pedir confianza sin información suele terminar mal. Al final, la democracia no solo se defiende contando votos, sino diciendo a tiempo qué está pasando con ellos. Recortar el PREP es apostar al silencio. Y en México, el silencio casi siempre se llena de sospecha.

Al parecer, las reglas que se están fincando es que para que los ganadores de ahorita se queden ahí un buen rato y, para ello, van cortando dispositivos que pudiesen poner en tela de duda esa intención.

El PREP es un dispositivo que les estorbaba. Si en Morena ganan por mucho con las reglas, ¿por qué cambiarlas? La única explicación es… para quedarse ahí por décadas, como lo hizo el PRI. Por eso el cambio de las reglas.

Al rato dirán que las elecciones puede organizarlas el propio gobierno, no el INE, para ahorrar dinero y “escuchar al pueblo”. Así empiezan casi todos los regresos al pasado: cuando el poder se nombra a sí mismo como pueblo y convierte la austeridad en excusa para concentrar el control. Entonces, la pregunta deja de ser quién gana una elección y se vuelve más incómoda: ¿quién decidió y desde dónde?, ¿quién es el pueblo?