Reinventando la Política
En una ciudad como Culiacán, donde la violencia ha sido parte de la vida cotidiana, cualquier estrategia de seguridad debería medirse no solo por su efectividad y también por sus efectos en el ánimo colectivo.
En ese sentido, sobre el ánimo colectivo los retenes, instalados a distintas horas del día —muchas veces al mediodía o en la noche—, se presentan como una respuesta visible ante una situación de conflictos violentos. Son, en apariencia, la reafirmación del Estado: vigilancia, control, presencia. Pero basta quedar atrapado en uno de ellos para percibir otra cosa: ineficiencia policial.
En ese tenor, cuando el tráfico se detiene la tensión aumenta. Los rostros de los conductores se endurecen y nadie sabe exactamente qué esperar.
En un entorno marcado por un conflicto de naturaleza bélica, estas medidas no son neutrales. Cada retén, cada revisión, cada interrupción del flujo cotidiano se inserta en un clima previo de incertidumbre y miedo. Y lejos de disiparlo, muchas veces lo intensifica.
Porque en contextos como el de Culiacán, la seguridad no solo es un asunto operativo; es también un fenómeno emocional. Tiene que ver con cómo se siente la gente al salir a la calle, con el nivel de alerta que carga encima, con la fragilidad —o fortaleza— del tejido social.
Y es ahí donde emerge la paradoja: Los retenes buscan proyectar control, pero en la práctica contribuyen a tensar aún más el ambiente, generan irritación, estrés y agotamiento.
Esto lo tienen que entender quienes diseñan estas estrategias: los retenes en Culiacán ya alteran el humor social. No producen necesariamente confianza; producen, más bien, una sensación de vigilancia que no se sabe a qué conduce y que se suma al desgaste acumulado por la violencia.
La ciudadanía, atrapada entre la necesidad de seguridad y el hartazgo por estas medidas, comienza a normalizar el hartazgo: planear rutas en función de retenes, salir con más tiempo del necesario, asumir que la interrupción es parte del día. Pero esa normalización es una forma silenciosa de adaptación al conflicto.
La pregunta de fondo no es si debe haber estrategias de seguridad. Es si estas estrategias están contribuyendo a reconstruir la confianza o si, por el contrario, están profundizando el malestar colectivo.
Porque en escenarios de alta tensión, la eficacia no puede medirse únicamente en operativos desplegados, sino en la capacidad de reducir la ansiedad social, de devolverle a la ciudad una mínima sensación de normalidad.
Si la seguridad no logra eso, entonces deja de ser una solución y comienza a formar parte del problema.
En Culiacán, donde el equilibrio es frágil y el ánimo social se encuentra permanentemente a prueba, cualquier política que no tome en cuenta este factor corre el riesgo de hacer más ruido que orden, más tensión que tranquilidad.
Y ese es un costo que, a largo plazo, también se paga.
