Lo que haya pasado antes del 10 de mayo ya fue… para la CPU de los mexicanos, ayer se reseteó. Lo que empiece a pasar en la opinión pública de aquí en adelante será recibido más nítidamente, así como percibido de una forma más clara.
Ese proceso lo entienden las agencias de marcas, lo entienden, incluso, hasta en los partidos políticos. El cerebro del mexicano se resetea después del 10 de mayo porque para llegar a ese día se cumple con todo un ritual de atención a la autora de los días, y en eso los mexicanos somos únicos.
México puede vivir semanas enteras atrapado entre crisis políticas, violencia, campañas negras, escándalos financieros o disputas partidistas, pero cuando llega mayo el país entra en una especie de tregua emocional. Se compran flores, se hacen filas en restaurantes, se limpian tumbas, se buscan regalos de último minuto y se regresa, aunque sea por unas horas, al origen de todo: la madre.
Por eso, el 10 de mayo no es solamente una fecha comercial, es un punto psicológico de reinicio colectivo. Después de esa jornada, la conversación pública cambia. Lo que antes parecía ruido insoportable comienza a verse con otra óptica. El mexicano vuelve a abrir espacio mental para procesar la realidad.
Quizá por eso muchas veces los grandes temas nacionales terminan adquiriendo verdadera dimensión después del Día de las Madres, como si el país necesitara, primero, cumplir con ese deber sentimental antes de volver a mirar de frente sus pendientes políticos, económicos o de seguridad.
A partir de hoy empieza otra etapa del año, una donde las emociones bajan de intensidad doméstica y regresan a la plaza pública. Lo que venga en los próximos días ya no encontrará a una sociedad distraída entre festivales escolares, serenatas y comidas familiares, sino a un país nuevamente conectado al tablero nacional, con ojos más vivos.
Porque en México, después del 10 de mayo, la conversación vuelve a empezar… se reinicia, pero con más filo.
