Cuando hablamos del campo, pensamos en agricultores, jornaleros, ganaderos, pescadores y comunidades rurales. Sin embargo, detrás de cada cosecha también se mueven maquinaria, transporte, financiamiento, comercio y consumo. Cuando la actividad agropecuaria avanza, una parte importante de la economía mexicana avanza con ella.

México atraviesa 2026 con un crecimiento económico débil. La inversión permanece contenida, el consumo ha perdido fuerza y la revisión del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá mantiene en pausa algunas decisiones empresariales. También pesan las tensiones internacionales y el posible encarecimiento de la energía.

Las proyecciones más recientes anticipan que la economía mexicana crecerá entre 1.1 y 1.5% durante todo 2026. El escenario más prudente apunta hacia un avance cercano a 1.2%. México seguirá creciendo, aunque lo hará lentamente y con diferencias importantes entre sectores y regiones.

Será uno de esos años en los que unas cuantas décimas pueden marcar la diferencia entre generar empleos suficientes o aumentar el rezago. Esto será especialmente visible en las regiones donde la actividad económica depende de una temporada agrícola, del precio de las cosechas y de la disponibilidad de agua.

Dentro de esta economía, las actividades primarias, que incluyen agricultura, ganadería, pesca y aprovechamiento forestal, representan aproximadamente 3.4% del Producto Interno Bruto nacional. Esa participación podría mantenerse durante 2026, aunque dependerá del clima, los rendimientos, los precios y los costos de producción.

Aquí conviene hacer una precisión. El sector primario y el sistema agroalimentario son indicadores diferentes. El primero comprende la producción obtenida directamente de la tierra, el agua y los animales. El segundo incorpora la transformación industrial, el empaque, la conservación y otras actividades vinculadas con los alimentos.

Cuando se suma toda esa cadena, el sistema agroalimentario puede acercarse a 9% de la economía nacional. Ahí encontramos procesadoras, molinos, rastros, empacadoras, industrias de alimentos y bebidas, cadenas de frío, transporte y comercialización. Es una estructura económica mucho más amplia que la parcela.

La relevancia del sector también se observa en su capacidad para resistir los periodos de desaceleración. Durante 2025, mientras la economía nacional creció menos de 1%, las actividades primarias avanzaron cerca de 4%. El campo volvió a sostener producción y empleo cuando otras ramas perdieron velocidad.

Su verdadero impacto cambia de una región a otra. En Sinaloa, Sonora, Jalisco, Michoacán, Veracruz y otros estados productores, las actividades primarias tienen una importancia muy superior al promedio nacional. En esos territorios, una buena o mala cosecha transforma el comercio, el empleo y el ánimo de las comunidades.

Cuando los agricultores reciben un precio justo, el dinero circula por talleres, refaccionarias, restaurantes, transportistas y empresas de servicios. Cuando producen con pérdidas, el efecto también se extiende rápidamente. Disminuyen las compras, se detiene la inversión y aumenta la incertidumbre dentro de toda la economía regional.

Por eso resulta insuficiente medir al campo exclusivamente por su participación directa en el PIB. Su producción alimenta industrias, genera exportaciones, sostiene comunidades y garantiza el abasto de las ciudades. También proporciona materias primas para actividades textiles, farmacéuticas, energéticas y manufactureras.

La pregunta inevitable es esta: si el campo sostiene tantas actividades económicas, ¿por qué continúa ocupando un lugar secundario en numerosas decisiones públicas? México reconoce su importancia en los discursos, pero los productores siguen enfrentando agua escasa, crédito limitado, infraestructura deteriorada y mercados profundamente volátiles.

Mantener su participación económica durante 2026 no será automático. Los productores enfrentan fertilizantes y combustibles costosos, riesgos fitosanitarios, incertidumbre climática, falta de mano de obra y una competencia internacional cada vez más intensa. Cada ciclo exige más capital y deja un margen menor para equivocarse.

El Gobierno necesita una política que combine tecnificación del riego, infraestructura, sanidad agropecuaria, investigación genética, financiamiento y administración de riesgos. Los productores deberán mejorar su planeación comercial, mientras compradores y distribuidores tendrán que construir contratos transparentes y relaciones más equilibradas con quienes asumen el riesgo de sembrar.

México también necesita transformar más alimentos cerca de las regiones donde se producen. Una agroindustria fuerte permitiría conservar mayor valor, generar empleos y reducir las pérdidas posteriores a la cosecha. Para estados agrícolas como Sinaloa, esta oportunidad económica lleva demasiado tiempo esperando una estrategia integral.

En un año en que México podría crecer alrededor de 1.2%, el campo seguirá aportando cerca de 3.4% directamente y mucho más mediante el sistema agroalimentario. La tierra responde cuando recibe agua, tecnología, crédito y certidumbre. La decisión que tomemos hoy definirá la cosecha económica de mañana.

Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.