Reinventando la Política
«No te vayas a enfermar porque no hay material». La frase de los trabajadores del IMSS que marcharon en Culiacán debería preocuparnos tanto como las consignas que escuchamos en las calles contra la inseguridad. Aunque parecen problemas distintos, ambas expresan una misma incertidumbre: ¿quién garantiza nuestra vida cuando las instituciones no consiguen protegernos? Entonces es en serio que ¿dependemos de la suerte de no enfermarnos o de que no nos toque una balacera?
En Culiacán se marcha por los asesinatos, las desapariciones y el miedo a salir a la calle. También se protesta porque faltan medicamentos, materiales y recursos para atender a los enfermos. En un caso, la amenaza proviene de la violencia; en el otro, de la posibilidad de que una enfermedad no encuentre respuesta médica.
El polítologo Camerunés, Achille Mbembe nos ofrece una clave para interpretar esta realidad: la necropolítica, esta permite analizar cómo las relaciones de poder producen poblaciones más expuestas a la muerte. No significa que cada carencia médica sea una política deliberada de exterminio, sino que debemos preguntarnos quiénes quedan desprotegidos y por qué: Hacer morir, dejar vivir es la tesis.
Quien tiene dinero puede acudir a un hospital privado; quien no lo tiene depende de un sistema público que, cuando falla, puede dejarlo sin alternativas. Así, la desigualdad no solamente distribuye la riqueza: también distribuye los riesgos de enfermar y morir.
Por eso, las marchas contra la inseguridad y las protestas por la crisis sanitaria tienen algo en común: ambas reclaman el derecho a vivir sin que la protección dependa de la suerte o de la capacidad económica. Quizá lo más preocupante sea que hoy tengamos que advertirle a la gente que no se enferme, como ayer le advertíamos que no saliera a la calle.
En ese sentido, cuando el Estado no logra garantizar la seguridad ni las condiciones para preservar la salud, la pregunta ya no es solamente quién amenaza nuestra vida, sino ¿quién responde por ella?
Sí, la exclusión sanitaria puede analizarse desde la necropolítica, siempre que no confundamos una carencia institucional con una intención deliberada de matar. El argumento más sólido consiste en examinar cómo la violencia, la desigualdad y las fallas persistentes de protección pública distribuyen de manera desigual la exposición a la muerte.
Ahora bien, estamos ante dos crisis separadas —la de la seguridad y la de la salud— o ¿estamos ante una crisis más profunda de las instituciones encargadas de proteger la vida?
