Reinventando la Política
Dispararon a un camión donde venían niños y jóvenes. Al leer la noticia uno puede acordarse y parafrasear a Rulfo y decir: díganle que no los maten.
En el scroll noticioso, de repente te hela la sangre el ver noticias que van más allá de los titulares. Ayer jueves, un camión del transporte público que trasladaba estudiantes de secundaria y preparatoria fue atacado a balazos en Escuinapa. La agresión, dirigida presuntamente contra el conductor, dejó al chofer lesionado y a jóvenes atrapados en una escena que ningún estudiante tendría que vivir. Por fortuna, los pasajeros no sufrieron heridas de bala.
El asunto no es menor. Hace tiempo que la violencia dejó de ser un episodio extraordinario en Sinaloa para convertirse en una variable que modifica horarios, recorridos, clases, reuniones familiares y decisiones tan elementales como salir de casa. Ahora también alcanza el trayecto hacia la escuela.
Escuinapa ha ido de ataque a dronazos, ataque a policías, ataque a civiles, asesinatos a plena luz del día y ahora un ataque a un camión con estudiantes ¿Qué nos está avisando el crimen organizado? ¿Será acaso de que seguirá marcando territorio de manera más cruel? Entonces, ¿qué sigue?
Las autoridades podrán decir que la situación está controlada, que se desplegaron elementos y que habrá recorridos preventivos. Es el lenguaje habitual de los partes oficiales. Entonces, ¿qué significa tener controlada una situación cuando los ciudadanos siguen expuestos a las balas?
Y aquí es donde Escuinapa debe observarse con mayor atención. Lo hemos comentado antes: la violencia no se mide solamente por el número de homicidios, los enfrentamientos o las detenciones. También debe medirse por su capacidad para alterar la vida comunitaria, reducir la movilidad y convertir actividades ordinarias en situaciones de riesgo.
En Escuinapa, los estudiantes deberían preocuparse por los exámenes, las tareas y su futuro. No por saber si el camión en el que viajan puede convertirse, de pronto, en una zona de peligro.
Y es qué ningún estudiante debe jugarse la vida para llegar a la escuela.
Por eso, si alguien puede hacer llegar el mensaje a quienes disparan, que se los diga de una vez: que no disparen. Que ahí vienen los muchachos. Que todavía tienen que llegar a la escuela, volver a casa y vivir la vida que les corresponde.
