Reinventando la Política

 

En la campaña presidencial de 1988, mi madre, que siempre había sido priista, fue a un mitin del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Recuerdo que regresó emocionada. Me contó que había conocido al hijo del General y que le había entregado la oración de la Santa Cruz. Según su relato, Cárdenas la recibió con mucha seriedad, le agradeció el gesto y se la guardó en la bolsa de su camisa o guayabera.

Meses después, otro mexicano ilustre e ilustrado, también expriista, Porfirio Muñoz Ledo, irrumpió en el Palacio Legislativo durante el último informe presidencial de Miguel de la Madrid, gritándole: ¡Miente usted, señor Presidente! Algo impensable en aquel México donde la figura presidencial parecía intocable.

Mi madre también tuvo una reflexión entonces: «Parece que el país está cambiando, porque estos hombres antes no se veían que le gritaran así al presidente. Sin duda, esto va a dar un giro».

Y vaya que lo dio.

La Corriente Democrática de 1988 terminó convirtiéndose en uno de los episodios fundamentales de la transición política mexicana. Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros personajes rompieron con el viejo régimen para disputar el poder desde una alternativa política. En esa historia también aparece un sinaloense: Rodolfo González Guevara, vinculado a las primeras discusiones de aquella corriente.

Pero la elección de julio de 1988 terminó marcada por una profunda crisis de credibilidad. La Comisión Federal Electoral, entonces dependiente de la Secretaría de Gobernación y encabezada por Manuel Bartlett, quedó en el centro de la controversia. El famoso episodio de «la caída del sistema» —o, como después se dijo, que el sistema se había callado— se convirtió en una de las expresiones más recordadas de aquella elección.

El resultado oficial otorgó el triunfo a Carlos Salinas de Gortari, con una diferencia cercana a los 4 millones de votos sobre Cárdenas. Una elección cuya legitimidad fue cuestionada y cuyas heridas políticas acompañaron durante años la lucha por democratizar el país.

La respuesta a aquella crisis fue una larga construcción institucional. En 1990 nació el Instituto Federal Electoral (IFE), todavía presidido por el secretario de Gobernación. En 1992 llegó la credencial para votar con fotografía, un instrumento que buscaba dar mayor certeza al padrón electoral.

En 1994 se incorporaron los consejeros ciudadanos, la observación electoral, las urnas transparentes, el líquido indeleble y mecanismos como el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP). En 1996 llegó una de las reformas más importantes: el IFE alcanzó su autonomía constitucional y el Gobierno Federal dejó de presidirlo. La organización de las elecciones comenzó a descansar en una autoridad que debía responder a la ciudadanía y no al gobierno en turno.

Después vendrían la alternancia del año 2000, nuevas reformas electorales y, en 2014, la transformación del IFE en Instituto Nacional Electoral (INE), con atribuciones nacionales y coordinación con los organismos públicos locales. No fue una concesión graciosa del poder político: fue el resultado de décadas de exigencias, negociaciones, movilizaciones y desconfianza ciudadana.

Por eso resulta inevitable mirar el presente con cierta preocupación. La gestión de Guadalupe Taddei terminó envuelta en controversias por presuntos conflictos de interés, contrataciones y relaciones con proveedores del Instituto. Las acusaciones motivaron revisiones anunciadas por la Auditoría Superior de la Federación y, finalmente, su renuncia a la presidencia del INE, presentada el 26 de octubre de 2026. Los señalamientos deberán esclarecerse mediante las investigaciones correspondientes, pero el daño a la confianza institucional ya constituye un asunto público.

Y aquí aparece una paradoja histórica: una institución creada precisamente para que el gobierno no controlara las elecciones terminó atravesando una crisis de credibilidad durante una presidencia marcada por cuestionamientos sobre su autonomía, conducción interna y transparencia.

La historia tiene sus ironías. Aquellos que lucharon para que el poder dejara de controlar al árbitro electoral difícilmente imaginaron que, décadas después, volveríamos a discutir la independencia de ese árbitro.

Mientras tanto, la historia viviente se nos va muriendo. Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros protagonistas de aquella generación ya no están. Cuauhtémoc Cárdenas permanece también como uno de los referentes de aquella ruptura. Con ellos se va también una memoria política que vale la pena recuperar, no para idealizar a sus protagonistas, sino para recordar que la democracia nunca fue una dádiva del poder.

Quizá por eso vuelvo a la imagen de mi madre regresando de aquel mitin, emocionada por haber escuchado al ingeniero Cárdenas y por haberle entregado su oración de la Santa Cruz. Ella, que había sido priista toda su vida, alcanzó a percibir que algo se estaba moviendo en el país.

Hoy habría que preguntarnos si seguimos teniendo esa capacidad de reconocer cuándo las cosas están cambiando y, sobre todo, si estamos dispuestos a defender lo que otras generaciones construyeron.

Porque la nación no se construye desde una hegemonía que endeuda, concentra el poder y pretende dictar una verdad a modo. Esa ya la vivimos antes y había equilibrios y oficio político, aún así hartó. Tampoco desde la nostalgia de un pasado que no fue perfecto. Se construye entre todos, con instituciones que resistan al poder, con ciudadanos que puedan cuestionarlo y con una democracia que no tenga dueño.

La democracia no comenzó en 2018, ni en 2000, ni siquiera en 1988. Es una construcción colectiva que viene de mucho antes y que, si no la cuidamos, puede retroceder en muy poco tiempo. Lo de Taddei fue un aviso.

Y sin duda honor a quien honor merece, el Ing. Cárdenas es y será un referente histórico del cambio democrático… aunque a algunos no les guste.